sábado, 15 de junio de 2013

Un amor inolvidable - Capítulo 7


6 años antes… 

Justo después de su 18 cumpleaños, sus padres se fueron de vacaciones juntos. Al fin y al cabo, ella ya era mayor de edad para poder quedarse en casa, y además, tenía a Daniel para echarle un vistazo. Silvia estaba contenta de poder demostrarles a sus padres que ya era una adulta responsable, aunque quedarse a solas con Dani la ponía nerviosa.

Últimamente lo estaba viendo de otra manera, menos como un amigo, y más como a un hombre. Ese cambio de actitud hacia él le daba mucho miedo – no quería perder a su mejor amigo. Él lo sabía todo de ella, y ella de él. Sabía que había estado con otras chicas, por mucho que ella le gustara. Según su padre porque - eso es lo que hacían los chicos de su edad – es algo natural - . Eso la molestaba pero, sabía que él estaba esperando a que ella fuera mayor de edad, y ahora que ya había llegado ese momento, no sabía muy bien qué hacer. Durante los primeros días, todo estaba tranquilo y se trataban casi como antes, solo una buena amiga. Dani no la había agobiado ni una sola vez diciéndole lo bonita que estaba, o lo graciosa que era. Parecía que intuía que eso podría asustarla. 

Unos días más tarde Silvia se asomó a la ventana. A esta hora Dani estaría nadando como de costumbre, antes de desayunar. Tenía un cuerpo bonito aunque algo delgado, y aunque Silvia se sonrojara al mirarle, no lo podía remediar.

Bajo a preparar el desayuno, mientras esperaba a que Dani terminara de nadar, para poder nadar ella. No se atrevía a salir a fuera porque seguramente se quedaría embobada mirándolo.

- ¡Campanilla! 

¿Porque la estaba llamando Dani? ¿No esperaría que ella saliera afuera verdad?

- Campanilla, ¡sal y báñate conmigo!

Daniel sabía que ella llevaba un bikini debajo del vestido, ya que en cuanto terminaba él, ella se tiraba a nadar un poco antes de ir a las clases. Claro que como era verano, podía quedarse todo el tiempo que quisiera, pero ni por un segundo se le ocurriría meterse en la piscina con Dani – podría ver que llevaba el colgante en el piercing!

Cogió un zumo de naranja, y se asomo a la terraza desde donde se accedía a la piscina. Dani estaba en el borde, esperándola.

- Venga Campanilla, deja ese zumo y métete en la piscina, el agua esta buenísima

Le echo un poco de agua, salpicándola.

- Dani, ¡deja eso! Ya cuando tú salgas, me baño yo. Como siempre.

Daniel se echo hacia atrás y empezó a flotar en el agua.

- Pues te vas a esperar un buen rato, porque aquí se está muy bien.

Ella hizo una mueca y cerró los ojos.

- Venga ya Campanilla, ¿porque no quieres bañarte conmigo? ¿Es que me tienes miedo?

Su sonrisa era burlona y sus ojos brillaban traviesos. Silvia se mordió el labio.

- No se…

Daniel se impulso sobre los brazos para salir de la piscina, estaba increíble con el agua resbalando por su cuerpo bronceado. A Silvia se le estaba secando la garganta, y que él se le acercara tanto, no ayudaba mucho.

- Venga Campanilla.

Dani estaba tan cerca que podía sentir su aliento en la cara.

- Báñate conmigo –

Ahora estaba susurrando, mientras se acercaba aun mas a ella. Tenía los labios tan cerca de los suyos, que ella los entreabrió sin pensar, deseando saborear esos labios, que estaba segura sabrían a menta. Sin embargo cuando estaba convencida de que la iba a besar, ella se echó para atrás y se alejo de él para quitarse el vestido y tirarse rápidamente a la piscina.

Dios, el agua fría sentía tan bien contra su piel caliente.

Que vergüenza - no se atrevía ni a mirarlo. Había estado a punto de besar a su mejor amigo.

Podía oír a Dani riéndose suavemente. Seguro que le hacía gracia asustar a la chica sin experiencia.

Sintió como él se volvía a tirar al agua y emergió justo a su lado, con esa sonrisa burlona.

-¿Ves como el agua esta buenísima?

Ella no pudo más que reír tímidamente, antes de tomarse la revancha, salpicándole con agua. Sabía que él le ganaría, después de todo el era más grande y más fuerte. Pero tenía que intentarlo.

Siguieron jugando hasta que Dani le rozo la barriga con la mano.

- Eh, ¿qué te has puesto en el piercing?
- ¡Mierda! - Nada, es una tontería.
- Enséñamelo
- ¿Que dices?, ¡No, ni de coña!
- ¿Porque no?
- Porque no quiero Dani, por eso.

La miro intensamente durante un instante, antes de levantar los hombros.

– Pues vale.

Seguidamente se dio la vuelta y salió de la piscina.

Los días que siguieron, los dos estaban tensos. Aunque los dos intentaban actuar con normalidad, no podían. Cada vez que Dani se acercaba a ella, pegaba un brinco. Cuando se cruzaban en el pasillo, se tropezaban.

Silvia sentía ganas de llorar, se daba cuenta de que ya no había vuelta atrás, había perdido a su amigo. ¿Ahora que podía hacer? Sabía que si le decía a Dani que quería ser su novia, el se volvería loco de contento y sería el mejor novio que ella se pudiera imaginar. ¿Pero cuánto duraría ese noviazgo? ¿Y si después de un tiempo se daban cuenta de que como pareja no eran compatibles? Entonces sí que lo había perdido para siempre, y Silvia no estaba dispuesta a dejar que eso ocurriera.

Uno de los últimos días que les quedaban juntos antes de que llegaran sus padres, estaban los dos en la cocina, preparando algo de cenar. Los dos estaban callados, cada uno pensando en sus cosas, por lo que el silencio resultaba ensordecedor.

Dani se estaba encargando de la carne a la plancha, mientras que ella estaba terminando de cortar el tomate para la ensalada.

- ¡Au!
- ¿Qué pasa?

Dani la agarro, para asegurarse de que se encontraba bien

- Ay, nada, que me he cortado.
- Enséñamelo

Silvia levanto el dedo pulgar para enseñarle el pequeño corte que se había hecho. Dani soltó una risita.

- Pero si no es nada Campanilla.
- Hmm… Ya. Pero duele.
- Yo te quitare el dolor.

Dani cogió un poco de agua y con una servilleta se aseguro de limpiarle la poca sangre que tenía en el dedo.

- Gracias.

De la garganta de Silvia no salía más que un susurro. Tenerlo tan cerca la estaba mareando, olía tan bien que solo se quería recostar contra su pecho y quedarse ahí acurrucada mientras ese olor le penetraba los sentidos. Tenía que soltarse antes de que cediera a esos impulsos. Intento soltarse pero Dani no la dejaba. Empezó a darle pequeños besos, mientras la miraba fijamente y veía como ella se ponía como un tomate.

- No hagas eso.

La voz de Silvia temblaba al hablar.

- ¿Porque no, Campanilla?

La voz de Dani era grave, y tuvo que aclararse la garganta antes de seguir hablando.

- ¿Es que te molesta que te bese?
- No. Si. N… no lo sé…

Dani dejo de besarle la mano, y se acerco aun más a ella. Sus pechos rozaban el suyo y estaba segura de que el podría notar el frenético latir de su corazón.

- ¿Porque no te gusta que te bese, Campanilla? Si nunca lo has probado, ¿cómo lo sabes?
- No lo hagas Dani, por favor.

Ya tenía los labios casi rozando los suyos.

- ¿Estas segura Campanilla? Solo uno, para probar…

Silvia se rindió y asintió levemente, en el mismo instante en el que los labios carnosos de Dani estaban aplastando los suyos. Sabía a menta, justo como había pensado, y ese sabor se estaba convirtiendo rápidamente en su sabor favorito. Todo pensamiento salió de su mente cuando Dani le entreabrió la boca suavemente para explorarla con su lengua. Silvia sentía como si sus huesos se estuvieran convirtiendo en gelatina, y aunque se estaba agarrando a la camiseta de Daniel, daba gracias de que él la rodeara con sus fuertes brazos.

Suavemente Daniel estaba trazando círculos en su cuerpo con las manos, y una de ellas encontró el camino debajo de su camiseta de tirantes. Cuando comenzó a rozarle la curva de un pecho, el miedo la paralizo. ¡NO, NO, NO! ¡Es tu amigo! ¡Los amigos no hacen esto!

Lo empujo para alejarlo de ella y antes de pensarlo mejor, la palma de su mano conecto con la cara sorprendida de Daniel. Salió corriendo hacia su habitación mientas dejaba atrás a un Dani confuso y frustrado.

jueves, 13 de junio de 2013

Un amor inolvidable - Capítulo 6


Cuando llego al restaurante estaba temblando de los nervios. No podía creer que después de estas semanas lo iba a volver a ver. Respiro hondo y miro a su alrededor buscando la moto de Dani, sin verla. Sintió una punzada de decepción pero se obligo a olvidarse y entro en el restaurante.

El Bellavista era un sitio elegante donde solo se podía entrar con reserva, y por lo que ella sabía las reservas se hacían con unas cuantas semanas de antelación, sino meses. Así que, o Dani tenía unos contactos muy buenos, o la reserva ya estaba hecha desde hace tiempo. Quizás hasta había planeado venir con otra persona… ese pensamiento la ponía mala así que rápidamente desecho la idea. - hoy va a venir por mí, y eso es lo que importa.

Volvió a respirar hondo y presto atención al restaurante en el que acababa de entrar. A pesar de la exclusividad, había un ambiente tranquilo y relajado y parecía que la gente se lo estaba pasando bien.

 Se acerco a la pequeña mesa de recepción,

- ¿Nombre por favor?

El maître estaba listo para acompañarla a su mesa.

- Silvia Men… ehh ¿Campanilla?

El hombre la miro extrañado y solo volvió a bajar la mirada cuando Silvia lo miro arqueando una ceja perfectamente depilada.

- Si claro, acompáñeme.

Silvia lo siguió hasta su mesa que todavía estaba vacía. Pidió un vino blanco y miro a su alrededor. De pronto sintió una fuerte opresión en el pecho antes de sentir como se le partía el corazón en mil pedazos. Esto era mucho peor que no ver la moto de Dani fuera, porque Dani sí que estaba aquí. Simplemente que estaba demasiado ocupado con la rubia exuberante que le agarraba el brazo con tanta familiaridad y le estaba presentado el pecho en una bandeja. Los dos estaban riendo muy alegremente, seguramente hasta de ella.

La vista se volvió borrosa cuando los ojos se le llenaron de lágrimas.

- ¿Para esto la había citado? ¿Para reírse de ella y demostrarle que ya estaba con otra?

Silvia se levanto, pero se tambaleo al hacerlo y se tuvo que agarrar a la mesa para no caerse.
 

Esto atrajo la atención de Daniel, que inmediatamente estaba a su lado sujetándola fuertemente.

- Cariño ¿estás bien?

El vestido de Silvia le quitaba la respiración, pero la preocupación por su Campanilla lo superaba.

- Suéltame

La orden susurrada de Silvia era clara, sin embargo, ahora que la volvía a tener entre sus brazos después de tanto tiempo, le resultaba imposible obedecer.

- He dicho…

Silvia respiro profundamente.

- …que…

Le siguió otra respiración honda.

- ¡…me sueltes!

Con cuidado, la ayudo a sentarse, pero cuando ella intento volver a levantarse, le puso las manos sobre sus hombros desnudos.

- ¡No me toques!

La miro con los ojos entrecerrados, sintiendo una punzada de dolor que hacía mucho tiempo no sentía.

- ¿A dónde vas Campanilla? ¿No querías hablar? Pues vamos a hablar.
- ¿Y porque no hablas con la muñeca hinchable con la que estabas?
- ¿Qué?

Daniel parecía confuso.

- ¿De qué hablas?

Silvia levanto la barbilla y se negaba a mirarlo – que curioso, si casi parecía… ¿celosa? Pero eso era imposible, su Campanilla jamás estaría celosa de otra mujer. La volvió a mirar. ¿O quizás sí?

La alegría que le daba el pensar eso le hizo sonreír mientras sacudía la cabeza.

- ¿Malena? Pero si es la mujer de un socio. Solo la estaba acompañando mientras ella lo espera y yo te esperaba a ti.

Levanto aun más la barbilla, tan orgullosa como siempre.

- Ya. Claro.

Los celos teñían su voz, y Daniel se estaba alegrando mas por momentos. La verdad era que la había visto entrar, quedándose sin respiración al verla. Pero había querido esperar, y causar esta reacción en ella. Aunque jamás pensó que realmente iba a funcionar. Su mente le avisaba de que tuviera cuidado - Nunca más…- , el mantra que llevaba tantos años repitiéndose, seguía ahí, pero los saltos que pegaban su corazón se superponían a cualquier pensamiento razonable.

- Estas preciosa.

El comentario la sorprendió tanto que lo miro boquiabierta. Hacía años que no le hacia un cumplido. 

- Eh… gracias.

Se está sonrojando – pensó Dani, y sentía como se le calentaba la sangre. De nuevo dejo viajar la vista por su cuerpo.

El vestido era perfecto, se pegaba a sus curvas como una segunda piel y Daniel se pregunto si sería tan fácil quitárselo, como le parecía. Era muy parecido al vestido de la pequeña hada Campanilla, que aparecía en el famoso cuento infantil de Peter Pan, pero este vestido definitivamente no debería de ser visto por niños.

Era verde pálido, con un pronunciado escote que dejaba más bien poco a la imaginación y era bastante corto, por lo que se le veían esas preciosas piernas interminables. Y para terminar tenía una apertura en uno de los lados, por lo que se le venía una buena parte del muslo.

Era increíblemente sexy, pero sin dejar de ser elegante.

Daniel no le podía quitar los ojos de encima. Sin embargo lo que más le sorprendió, e incluso emociono, era que llevaba su colgante. El que él le había regalado junto a la estatuilla por su cumpleaños. Se quedaron en silencio mucho rato, hasta que por fin trajeron los entrantes y Daniel se sentó en su sitio.

 
Cariño. ¡La había llamado cariño! - 

Las mariposas de su estomago estaban dando saltos vertiginosos. Solo lo había dicho una vez, pero a Silvia le daba igual, lo había dicho – y se había preocupado por ella. Todavía no estaba muy segura si era verdad lo que le había dicho de la muñeca hinchable, pero hasta ahora, solo había tenido ojos para ella.

Ahora mismo él tenía la vista clavada en su escote - no tonta, ¡está mirando el colgante! – se regañó a sí misma.

Para asegurarse, respiro hondo, causando que el escote se le moviera visiblemente. Los ojos de Dani solo bajaron un instante, antes de volver al colgante.

- Así que...

Daniel se aclaró la garganta, que se le había secado debido a la emoción.

- ¿Así que por fin te has decidido poner el colgante? No te lo había visto puesto antes.

Daniel entrecerró los ojos.

- ¿Qué intentas Campanilla? Crees que por llevar al cuello una tontería que te di hace unos años van a hacer que me olvide de…

Daniel se calló, dándose cuenta demasiado tarde de que había hablado de más.

- Claro que no.

La voz de Silvia era solo un susurro. No sabía si seguir hablando o no. Si no hablaba, el jamás sabría cómo se sentía ella pero si hablaba demasiado, el sabría exactamente lo que sentía, y eso para la primera ‘cita’ parecía demasiado arriesgado.

- Lo llevo siempre, lo he llevado siempre
- ¿Desde cuándo?

La miro con el ceño fruncido.

- Porque cuando te lo regale, lo despreciaste. Y el otro día tampoco lo llevabas puesto.

Así que se había fijado…

Silvia sonrió.

- Ah, ahí es donde te equivocas. Sí que lo llevaba puesto, solo que no en un sitio que tú pudieras ver.

La cara de sorpresa y curiosidad de Daniel lo decía todo. Estaba pensando donde lo podría llevar. Pues ella no pensaba decírselo.

Lo que Daniel no sabía, era que ella siempre llevaba el colgante colgado de su piercing del ombligo, para poder llevarlo encima siempre, pero sin tener que responder a las preguntas que sus padres seguramente le harían, al verlo colgado de su cuello. El piercing se lo había hecho a los 16, con la ayuda de Daniel, en un ataque de rebeldía. Sabía que él no podía decirle que no a nada que ella le pidiera, así que cuando le pidió que firmara como su tutor en la autorización… Daniel no dudo ni un momento, aunque sí que le soltó una regañina, que pronto se quedo en nada cuando ella le enseño el piercing ya puesto. Acordarse de la mirada ardiente de Dani en su cuerpo todavía le causaba escalofríos.

 
Silvia se echó un poco de ensalada, mientras Daniel no estaba tocando la comida, simplemente la miraba a ella, sonrojándola aún más.

- Bueno ¿y qué tal el trabajo?

Silvia quería mantener una conversación educada antes de hablar de lo que paso.

- ¿Para qué lo quieres saber, Campanilla? Seguro que Eduardo te mantiene al tanto de todo lo que pasa en su empresa.

Si, en eso tenía razón, pero le podía haber seguido el rollo para que ella no se sintiera tan mal. Como habían cambiado las cosas, de la absoluta adoración, a no poder ni pasar una cena con ella sin impacientarse… Silvia resoplo.

- ¿Porque no hablamos de lo que realmente quieres hablar? O que, ¿ya te arrepientes?
- No claro que no, solo es que, bueno, no sé muy bien por dónde empezar.
- ¿Porque no intentas por el principio? Eso es siempre un buen comienzo.

Por el principio, ya claro, como si fuera tan fácil. Silvia todavía se acordaba de las cosas que él le hacía sentir, el miedo y la vergüenza que le daba sentir esas cosas. Recordó aquel primer beso…

martes, 11 de junio de 2013

Un amor inolvidable - Capítulo 5


Tu dale unos días y ya lo veras.

Las palabras de su madre la perseguían día y noche. Ya habían pasado ‘unos días’ e incluso unas semanas, y nada, ni una señal de vida por parte de Dani. Silvia se estaba empezando a desesperar, no había ido a casa de sus padres desde que volvió a ver a Dani, aunque estaba deseando volver y encontrárselo. Hablaba con sus padres a diario, sabía que él había estado en la casa y que había estado hablando con su padre de trabajo, pero nada más. Seguramente ya habría vuelto a Barcelona, aunque su madre se lo habría dicho si así fuera. Sin embargo, desde el reencuentro, su madre nunca hablaba de él, simplemente le decía que tuviera paciencia.

¡Ya no me queda paciencia! - pensó. Llevaba sin dormir bien desde que encontró aquella caja durante la mudanza, y su insomnio solo había empeorado al verlo a él en casa de sus padres. Estaba agotada por la falta de sueño y cuando por fin lograba quedarse dormida, tenía pesadillas. Soñaba que él la rechazaba una y otra vez, y por mucho que ella intentaba retenerlo, nunca lo lograba. Silvia suspiro frustrada - se acabo, me tengo que olvidar de él. ¡Ya! - pero sabía que no podía. Nunca podría.

Se estaba empezando a sentir un poco melancólica y decidió sacar de su escondite el baúl que había comprado para guardar las cosas de Dani.

Poco a poco saco todas las cosas y recordó el momento exacto en las que él se las había regalado. Se acordaba de todo, cada mirada, cada palabra, la esperanza en esos preciosos ojos…

El había cambiado su actitud hacia ella cuando ella tenía 15 y el 20. Desde aquel momento ya no eran solo amigos; él la trataba diferente, y ese cambio la había asustado. El día de su 16 cumpleaños, recibió su primer ramo de flores, el primero de muchos. Siempre eran tulipanes, porque ella alguna vez siendo pequeña le había dicho que todo el mundo regalaba rosas, y que a ella lo que le gustaban eran los tulipanes.

Le hizo mucha ilusión recibir flores ese día, le hizo sentirse mayor, casi adulta.

Silvia sonrió. Sin que nadie lo supiera, ni siquiera el mismo Dani, había secado y guardado una flor de cada ramo que él le había regalado, en total había 28 flores secas. Vaya, eso eran muchos ramos…

Con cuidado hecho las flores a un lado y miro las 28 tarjetitas que habían acompañado a los ramos. La primera empezaba bastante inocente - Para mí Campanilla en sus 16 cumpleaños, con cariño, Dani.

Sin embargo en las últimas se reflejaba claramente lo que él sentía por ella. Las volvió a leer todas, y con la última hasta se sonrojo - Quiero que seas mía, Campanilla, y algún día lo serás -. Igual que la primera vez que la leyó, esta vez también sentía las mariposas en el estómago, el mismo sentimiento que tuvo hacia 6 años. Sin embargo, esta vez no sintió nada de miedo, sino excitación, aunque supiera que el ya no sentía nada igual y ya no quería que ella fuese ‘suya’.

Dejo las tarjetas al lado de las flores, y siguió recordando al ver todos los regalitos; había cosas que le había regalado cuando era más pequeña, ya sus padres siempre se aseguraban de que se pudieran comprar regalos el uno al otro, incluso siendo niños. Ella le había regalado coches, monstruos y todo tipo de juguetes de niños y el a su vez le había regalado el video de Peter Pan para su 8 cumpleaños, ya decía que ella era su Campanilla porque siempre estaba pendiente de él, persiguiéndolo a todos lados y espantando a todo el que se le acercaba demasiado. Silvia volvió a sonreír, tenía que buscarse esa peli en DVD, ¡hacía siglos que no la veía!

También había detallitos que le había regalado sin motivo aparente. Unos pendientes, pulseras, cosas que sabía que a ella le encantaban por aquel entonces. Sin embargo, los regalos de verdad, los significantes, venían los días de sus cumpleaños. Con cada celebración, los regalos se hacían más interesantes. A los 16, Dani le regalo un gatito, al que por su puesto pusieron Capitán Garfio, pero el pobre animal ya no estaba con ellos. Lo echaba mucho de menos, porque siempre le había hecho compañía. Tenía fotos de su mascota, algunas incluso con Dani.

A los 17, le regalo una preciosa estatuilla de Campanilla, con un precioso colgante, que ella todavía llevaba, aunque lo escondía de miradas curiosas.

Cuando cumplió la mayoría de edad, unas semanas antes de ese horrible día en el que lo estropeo todo, le regalo una llave. Nunca llego a descubrir de donde era la llave, o que era lo que abría y ahora se sentía muy tentada de preguntárselo. Aunque ya daba igual, tenía que olvidarlo ya que estaba claro que su madre se había equivocado. El no la necesitaba, y probablemente nunca la necesitaría.

-Ya esta -, se dijo, - tengo que olvidarme de él -. Frunció el ceño y miro la llave, - o eso creo…-

Estaba añadiendo la llave misteriosa a su llavero cuando el timbre de la puerta la saco de sus pensamientos, y por un breve momento, su corazón pego un salto. 

- No seas tonta - murmuro - claro que no es el.

Cuando abrió la puerta, el corazón se le paro un momento para después volver a latir con más fuerza que nunca. Delante de ella apareció el ramo de tulipanes más grande que le habían regalado jamás.

- Es usted…ehh… ¿Campanilla? - Silvia soltó una carcajada.
- Sí, soy yo.

El chico la miro de arriba abajo,

- Ehh, pues firme aquí por favor.

Silvia firmo, y le dio al chico una propina. Los nervios la estaban matando, y quería leer la tarjeta ya, para confirmar que las mandaba Dani. ¿De quién más podrían ser?, pensó. Abrió la tarjeta, y ahí estaba. Esa letra tan familiar, con trazos firmes y seguros.

“Campanilla, siento lo del otro día.
Te veo esta noche en el Bellavista, a las 21:00.
D.”

Eso era todo. Ni una pregunta, ni una sugerencia. Una orden, simple y concisa… eso la ponía furiosa, ¿y si ella ya tuviera planes para esta noche? Cuando era más joven jamás habría tenido esa actitud con ella, al contrario. Le hubiese preguntado si quería ir con él, a donde le apetecía ir, que día le venía mejor. Y aunque por aquel entonces sus salidas se reducían a ir al cine con los amigos, él siempre le preguntaba a ella. Y ahora venía y le daba órdenes, así sin más. Pues si Dani se pensaba que ella iría tan tranquila después de haberla tratado de esa manera y luego hacerla esperar, estaba muy equivocado. Silvia suspiro y volvió a mirar las flores. ¿A quién estaba engañando? Ella sabia tan bien como él, que iría a donde él le dijera.

Bueno, tenía varias horas para arreglarse, y sabía exactamente que ponerse para asegurarse de que él estuviera un poco distraído…

viernes, 7 de junio de 2013

Un amor inolvidable - Capítulo 4


Silvia no se movió del sitio, estaba sorprendida por como la había tratado Dani. Este no era el Dani que ella recordaba, ese chico tan atento, que le mandaba flores todos los meses. Desde que empezó a trabajar con su padre, en cuanto recibía su paga, primero se lo gastaba en ella. Lo demás lo metía en una cuenta bancaria.

- ...para nuestra casa - le había dicho una vez - te voy a comprar una casa igual de grande que esta. Así podremos estar juntos y tener todos los hijos que quieras.

Ella lo había mirado como si estuviera loco, pero él no se dejaba intimidar.

- ¿Te lo imaginas Campanilla? Tú y yo, ¿juntos para siempre? - Su sonrisa era deslumbrante, mientras la miraba con adoración.

Él le había dicho esas cosas unas cuantas semanas antes de que ella lo pusiera en ridículo, y jamás se olvidaría de la ilusión que teñía su voz. Silvia se paso las manos por la cara, secándose las lagrimas que por fin había dejado escapar.

Así la encontró su madre un rato mas tarde.

- Impresiona ver el hombre en el que se ha convertido ¿verdad?

Su madre la abrazo fuertemente, y ella no pudo detener el río de lágrimas.

- ¿Porque no le dices lo que sientes? - sugirió su madre.
- Ojala fuera tan simple, mama. El me odia.
- No digas tonterías hija.
- Es verdad, le he pedido que salgamos a comer algo para poder hablar, y ha sido un borde -  sabía que sonaba como una cría malcriada, pero no lo podía remediar.

Su madre simplemente sonrió,

- Ya, ¿y tú crees que para él es fácil volver a verte después de todo lo que paso?

No le dio tiempo a responder.

- Tu dale tiempo cariño. El solo se dará cuenta de que todavía te necesita.

Silvia miro a su madre sorprendida.

- Si hija, te conozco a ti y lo conozco a él. Tu dale unos días y ya lo veras.


Daniel se estaba dando patadas en el culo mentalmente mientras volvía a su casa. No tenía que haber sido tan desagradable con ella, pero tampoco quería tenerla cerca. No podía tenerla cerca. Nunca más. Eso le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Desde que la había vuelto a ver, estaba hecho un lio, ¡y solo había estado con ella unos minutos! No quería ni pensar como estaría después de unas horas. Si siendo una adolescente podía manejarlo a su antojo, ahora que era toda una mujer, lo tendría comiendo de su mano, sin que él se diera ni cuenta. No podía permitirse el lujo de volver a perder la razón por ella.

Por fin llego a su casa. Aunque trabajaba y vivía en Barcelona, había comprado la casa de sus sueños en Madrid, con solo 22 años. Era perfecta, muy parecida a la casa de los padres de Silvia, y exactamente como había soñado que sería la casa que iba a compartir con Silvia algún día, cuando era más joven y todavía tenía esperanza. Tampoco estaba demasiado lejos de ellos, así que cuando Silvia quisiera visitar a sus padres… ¡pero que estaba diciendo! Silvia nunca pisaría esta casa, y jamás viviría en ella, aunque él la hubiese comprado con esa idea en la cabeza… Eso solo demostraba que estaba loco, loco de remate. - Nunca más, acuérdate tío, nunca más, - se lo repetía una y otra vez a sí mismo, como un mantra que no podía olvidar.

Entro en la casa y fue directamente a la ducha, necesitaba una ducha fría y la necesitaba ya, antes de que sufriera algún tipo de combustión espontánea.

 
Silvia volvió a la cocina con su madre, la verdad es que había venido a preguntarle cosas sobre Dani, pero después de lo que acababa de pasar, no se atrevía. La taza de la que había estado bebiendo Dani seguía sobre la mesa y Silvia se sintió tentada de posar sus labios por donde los había puesto Dani, solo para tener ese pequeño contacto. Cerró los ojos, esto se estaba convirtiendo en una obsesión. Estaba a punto de olvidarse de todo y despedirse de su madre cuando esta, conociéndola, la ánimo.

- Venga, ¿Qué quieres saber?

Silvia miro a su madre y se mordió el labio.

- Todo, lo quiero saber todo.

Marta comenzó a reírse.

- Bueno, todo no crea que te lo pueda contar y muchas cosas las sabes ya, así que especifica un poco, hija.

Silvia dudo, le daba vergüenza preguntarle a su madre cosas de Dani, especialmente porque se suponía que habían sido mejores amigos. Luego estaba lo de la escena que le había montado poniéndolo en ridículo. Su madre esperaba pacientemente a que ella se decidiera a hablar.

- ¿Sabes si…? ¿Él tiene…? ¿Está saliendo…?

A Silvia no le salían las palabras pero su madre negó con la cabeza antes de responder.

- No hija, no está saliendo con nadie.
- Ah…

No debería darle tanta alegría pero no lo podía remediar. Siguieron hablando durante un buen rato y esa tarde Silvia aprendió muchas cosas sobre el hombre que había sido su mejor amigo.

 

jueves, 6 de junio de 2013

Un amor inolvidable - Capítulo 3


- Dios mío, ¡está aquí! ¡DiosmioDiosmioDiosmio! - el corazón de Silvia latía a mil por hora. No se podía creer que por fin volvía a ver a Dani, ¡a su Dani!

Aunque, el breve ‘hola’ que le había dirigido, no parecía un buen comienzo, Silvia se negaba a dejarse abatir. Sabía que no sería nada fácil volver a caerle bien, pero estaba decidida a volver a conocerle, y por lo menos volver a tener su amistad. Para sus padres también sería mucho mejor si pudieran tener a sus dos ‘hijos’ juntos en los eventos familiares importantes.

Lo miro de reojo, había cambiado mucho desde la última vez que lo vio. Por aquel entonces era un chico delgado y un poco tímido, aunque nunca con ella. Ahora era todo un hombre, con un cuerpazo de hombros anchos y musculosos. El aire de seguridad y arrogancia que le rodeaba, lo hacía incluso más atractivo. Más masculino.

Cuando el café estuvo listo, se sentó en frente de él, segura de que su madre dirigiría la conversación, y ella ya podría intervenir y así hablar con él. Sin embargo cuando su madre se levanto y anuncio que ‘tenia cosas que hacer y los dejaba porque seguro que tenían muchas cosas de las que hablar’, casi se atraganta con el café. Por obra del destino, en ese mismo momento sonó el teléfono y su madre salió rápidamente de la cocina para atenderlo en el salón.

Ahora sí que estaban solos, y de nuevo, silencio…

Sintió la mirada intensa de Daniel en su cuerpo, pero se agarraba a su café como si fuera un salvavidas, y no se atrevía a levantar la mirada, por lo que pudiera ver en esos ojos azules.

Nunca se había sentido tan tímida, ni tan intimidada, y se regaño en silencio por ser una cobarde.

Se aclaro la garganta, para preguntarle como estaba, pero él se le adelanto.

- Me voy. Adiós, Campanilla
- ¿Qué? ¿Ya? ¿Porque?

El escuchar su mote, el que él le había puesto cuando solo tenía 8 años, y con referencia de su peli favorita del momento, la puso aun más nerviosa de lo que ya estaba. Le hizo verla tantas veces, que los dos se sabían el dialogo completo.

El no pudo reprimir una sonrisa al ver sus nervios por haberla llamado así. Sabía que estaba recordando el porqué de su mote.

Por mucho que le gustaría quedarse aquí y perderse en sus ojos, sabía que si lo hacía, estaría perdido para siempre. Se había prometido así mismo que jamás volvería a caer. No podía volver a dejar que le robara que corazón porque simplemente sabía que volvería a ser el idiota que fue y volvería a ser humillado por ella, de una manera u otra. Por esa razón se levanto, cogió su chupa de cuero y se fue hacia la puerta. 

- Dile a tu madre que volveré en otro momento.

Silvia se quedo quieta un momento, dolida por el rechazo. Pero su determinación le hizo salir detrás de él antes de que se fuera.

- Dani. Dani, ¡espera!

Vio como dudo un momento en sus pasos, y luego siguió andando hacia su moto.

- ¡Dani!

Se quedo quieto pero no se dio la vuelta

- ¿Qué quieres Campanilla?
- Siento lo que te hice aquel día, y quiero que me perdones.

Ya esta, ya lo había dicho.

Daniel cerró los ojos por un momento mientras asimilaba las palabras de Silvia. Sentía nauseas, y estaba seguro que iba a vomitar de la tensión que sentía en el cuerpo.

- No sé porque tendría que perdonarte, no sé de que hablas.
- Mentiroso. Mírame a los ojos y repite eso.

Daniel no se podía mover, sabía que si la miraba a los ojos, caería rendido a sus pies dispuesto a que ella le hiciera lo que le viniera en gana y no podía dejar que eso pasara. Otra vez no.

Incluso cuando ella se planto delante de él, desafiante y orgullosa, el solo podía mirar al frente. Casi en un suspiro, le volvió a preguntar.

- ¿Qué quieres Campanilla?
- Que, ¿estas sordo? ¡Quiero hablar, quiero que me perdones, necesito que me perdones por el daño que te hice!

Los ojos le brillaban, y aunque Dani no la estaba mirando fijamente, esas lágrimas sin verter le dolían como un puñal.

Silvia siguió hablando, aunque el parecía ausente.

- Cena conmigo. Hablamos un poco, te digo lo que te tengo que decir y ya está. Si quieres, después de eso no tienes que volver a verme nunca más.
- Aunque eso suena bien,  ¿porque iba yo a hacer algo así y gastar mi tiempo contigo?

La manera en la que soltó esa última palabra le dolió, pero intento no demostrarlo.

- Porque te lo estoy pidiendo yo

Silvia bajo la mirada, dolida, y la actitud orgullosa y desafiante había desaparecido.

- Mira Campanilla, no tenemos nada de qué hablar ¿vale? Simplemente olvídate del tema y déjalo estar.
- ¿No crees que eso ya lo he intentado? No puedo olvidarme, por eso necesito que hables conmigo.
- Pues lo siento, pero ese es tu problema, no el mío.

Sin mirarla ni una sola vez, la rodeo y se subió a la moto, dejando a Silvia atrás con los ojos húmedos, y todo por su maldito orgullo.

miércoles, 5 de junio de 2013

Un Amor Inolvidable - Capítulo 2


- La tarta esta buenísima Marta, muchas gracias.

La voz profunda de Daniel lleno la cocina de la casa donde había crecido, la misma cocina donde hacía ya unos años Silvia le había besado para luego abofetearlo. Sacudió la cabeza para intentar sacudirse los recuerdos, pero no lo lograba. Siempre que volvía a esta casa, volvía el dolor, y por mucho que intentara no dejar que le afectara, le afectaba, y mucho.

El hecho de que Marta no paraba de hablar de su hija, su nueva casa y lo bien que estaba sola, no ayudaba mucho. - Bueno, al menos ella no está aquí ahora -  pensó. La razón por la que había ido era porque sabía que ella se había mudado y no estaría por allí, así que se había tomado unos días para visitar a la familia que le había acogido como uno más. Normalmente venía muy tranquilo, a sabiendas que ella no iba a estar aquí. Pero esta vez no estaba tan seguro. Eduardo le había asegurado que Silvia ya no vivía en esta casa, así que podía pasarse a visitarlos sin encontrársela. Sin embargo, hoy no estaba tan seguro. Estaba inquieto, alerta y más incómodo que nunca.

Pese a su incomodidad, intento imaginarse como seria ella ahora, si habría cambiado, o si seguía siendo esa belleza caprichosa, que se enfadaba cuando las cosas no salían a su manera. Siempre llevaba su precioso pelo negro en una coleta, y Dani había aprendido que tirando un poco, se le estropeaba el peinado, y se tenía que soltar el pelo para volver a recogérselo. Siempre había pensado que le encantaría pasar sus manos por ese pelo tan sedoso y brillante,  mientras le miraba a los ojos y le decía lo que sentía por ella. Sus ojos eran preciosos y se podía perder en ellos. Era lo que más le gustaba de ella, la expresividad que tenían. Con una sola mirada en esos ojos color miel, sabias lo que sentía y pensaba.

- Hijo, ¿me estas escuchando? - Marta sonrió, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
- Sí, claro. Lo siento, estaba pensando en cosas del trabajo.
- Por su puesto…

Esas palabras acompañadas de una sonrisa de complicidad, le confirmaban que Marta sabía perfectamente que su trabajo era lo último en lo que estaba pensando. Estaba a punto de soltarle cualquier tontería para que lo creyera cuando de pronto, su cuerpo se tenso, como si se preparara para recibir un golpe y supo que era demasiado tarde para huir - ¡Mierda! -

Había evitado este momento durante mucho tiempo, y ahora no podía escapar.

- ¡Mama!

La voz melodiosa de Silvia le llegaba hasta los huesos, y sintió que no podía respirar, que no se podía mover. Hacia 6 años que no escuchaba esa voz que era capaz de hacerlo temblar de la cabeza a los pies, y de pensar que iba a volver a ver a la chica que le partió el corazón, se le helaba el cuerpo.

- Estamos aquí cariño, en la cocina.

Notaba que Marta le miraba con preocupación, mientras él luchaba por seguir respirando. Por Dios, ¡si tenía 29 años! ¡Debería de ser capaz de controlar su propio cuerpo! Pero cuando se trataba de ella…

Cuando Silvia entro en la cocina, el tiempo se detuvo. Silvia parpadeo varias veces, como si no se pudiera creer lo que estaba viendo, y el no parpadeo ni una sola vez, temiendo que si lo hacía, esa preciosa visión se esfumaría.

Dios, era mucho más bonita que cuando él se marchó de aquella casa. Tenía más curvas, llevaba el pelo suelto aunque más corto, y estaba tan sonrojada que le parecía adorable. Esos ojos lo miraban como si no se pudiera creer lo que estaba viendo. Y él tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no abalanzarse sobre ella y comérsela a besos.

- Hola Dani.

Ella fue la primera en romper el hechizo, y lo miraba casi con miedo.

- Hola.

Silencio.

Marta no paraba de mirar de uno a otro, casi divertida.

- Bueno hija, ¿te hago un café?
- ¿Qué?

Silvia volvió a parpadear y miro a su madre, como si se acabara de dar cuenta que también estaba en la cocina.

- Café. Sí, claro. Por favor. Gracias. 

Estaba balbuceando, y se sonrojo aún más.  

Daniel cruzo los brazos, se echó para atrás en la silla, y la observo detenidamente, mientras ella ayudaba a su madre con el café. Así que la situación tampoco le era indiferente… La miro de arriba abajo, admirando su cuerpo. Tenía unas curvas perfectas, curvas de mujer. Era muy diferente a como él la recordaba, ahora era aun mejor, si eso era posible. Piernas interminables, trasero firme, caderas curvadas, pechos generosos... Vaya, si seguía así, tendría un problema. Sería muy embarazoso tener que levantarse con los pantalones tan apretados… cosa que no le pasaba desde que vivía aquí, en esta misma casa, hacía ya tantos años.

sábado, 1 de junio de 2013

Un Amor Inolvidable - Capítulo 1


Silvia levanto la última caja y observo las cosas que contenía con cariño. Había tantos recuerdos en un espacio tan pequeño, flores secas, notas de amor, e incluso los pequeños regalitos que él le había dado durante su profunda amistad, que termino hacía más de 6 años. Tantos recuerdos le venían a la mente al ver todas estas cosas, que suspiro. Nunca supo decir exactamente porque guardo esos pequeños detalles, especialmente después de haberlo tratado tan mal, pero simplemente no se podía deshacer de ellos. Incluso ahora que se mudaba a su propia casa, ya sabía que guardaría estas cosas en un rincón especial.

Metió la caja en su coche y volvió dentro de la casa para despedirse de sus padres.

- Mama, tranquilízate vale, tampoco me voy a vivir al otro lado del mundo.
- Ya lo sé hija, pero ya perdimos a Daniel hace unos años, y no quiero perderte a ti también.

Escuchar el nombre del chico en el que llevaba pensando todo el día, le causo escalofríos.

- No me vais a perder mama, ni a Dani lo habéis perdido. Tú misma dices que siempre os visita cuando yo estoy de vacaciones, así que no digas tonterías.
-Venga hija, vete a tu casa y cuando lo tengas organizado todo, nos invitas a comer.

Su padre siempre intervenía en cuanto su madre se lamentaba de haber ´perdido´ a Dani. El sabia la verdad y no dejaba que se hablara de su hijo prodigo, de ninguna de las maneras.

Después de dar unos besos más, Silvia se montó en el coche y recorrió los 30 km que separaban su nueva casa de la casa de sus padres, donde había vivido tanto, y donde conoció a Dani, el protegido de su padre. Silvia sonrío cuando pensó en la primera vez que su padre trajo a Dani a su casa. Un chico de tan solo 11 años, muy tímido, que acababa de perder a sus padres. Marco, el padre de Dani, había sido como un hermano de su padre, y por tanto había pedido que fuera su padrino, y cuidara de él si alguna vez le pasaba algo. El accidente de tráfico sorprendió a todos, pero gracias a Dios Dani estaba en casa de un amigo cuando paso, y sus padres se encargaron de cuidar de él, trayéndolo a la familia como si fuera uno más...

-¿Pero porque se tiene que quedar aquí papa? - con solo 6 añitos Silvia no entendía porque ese niño ahora pasaba tanto tiempo en su casa con su padre, y como es normal en cada niño, lo preguntaba todo.

-Bueno, hija, el ya no tiene a sus papas, así que nosotros tenemos que cuidar de el ¿vale? ¿Vas a ayudar a papa y a mama a cuidar de tu nuevo amigo?

Silvia recordaba haber asentido vigorosamente y en los días que siguieron, los dos peques de la casa se hicieron muy amigos, pese a la diferencia de edad. Aun a día de hoy Silvia no estaba segura porque un chico de once años dejaba que una niña de 6 lo persiguiera a todos lados y que le respondiera a todas las cosas a las que un chico de esa edad podía responder.

Dani se convirtió en su mejor amigo, casi como un hermano, aunque no del todo. Ahora que lo pensaba, su padre nunca se había referido a Dani como si fuera su hermano, o algún tipo de familiar - casi como si quisiera dejar claro que no era familia. - que tontería - pensó Silvia, - Dani siempre ha sido parte de la familia- ; sin embargo su padre nunca lo menciono, aunque siempre se lo demostró.

Los padres de Silvia habían criado a Dani como si fuera su hijo, y siempre lo animaban y regañaban igual que a Silvia. Vivian en un precioso chalet en las afueras de Madrid, y sus padres todavía seguían viviendo en el mismo lugar. Aunque económicamente les iba mejor que bien, su madre era la que se encargaba de todo en la casa, negándose a contratar ayuda. Por ello, tanto Silvia como Dani habían aprendido desde pequeños a recoger lo que ponían por medio y limpiar lo que ensuciaban. Silvia admiraba esa actitud de su madre y le encantaba ayudarla a cocinar. Su madre siempre le enseñaba a preparar los mejores platos, pero mirando atrás, siempre insistía mas cuando se trataba de una comida que le gustaba especialmente a Dani.

Seguía pensando en Dani cuando llego a su casa, mientras guardaba las cosas que estaban en la caja en un pequeño baúl, que había comprado pensando en guardar y proteger sus recuerdos. No entendía porque últimamente Dani estaba siempre en sus pensamientos, especialmente porque hacía 6 años que no le veía. Cuando pensaba en la actitud de sus padres con los dos, casi se podía decir que esperaban verlos juntos algún día, aunque si ese era el caso, su plan había fracasado estrepitosamente.

Sabía que Dani visitaba a sus padres regularmente, aunque siempre la evitaba a ella. Solía ir cuando ella estaba de vacaciones, o fuera de la cuidad por motivos de trabajo y aunque el afirmaba que aquella noche no paso nada, Silvia sabia que le había hecho daño; la pregunta ahora era, que podía hacer ella para hacerle olvidar aquel dolor...